miércoles, 6 de julio de 2011

Cuentos del Lector I : El Espía de Batista

Les escribo esto desde una base ubicada en Tirana, la capital del país en donde me encuentro. Soy Pablo Alvarez, un estudiante de periodismo de 22 años pero que además cumplo trabajos de “espía” para el Señor Sergio Batista.

Lo conocí cuando aún era chico y entrenaba en Argentinos. Mi viejo se hizo muy amigo suyo, por eso siempre fue como un tío para mi. Por eso cuando asumió a la Selección, no me sorprendió su llamado. Creía que iba a ser su jefe de prensa, su asesor, su asistente… pero no.

El día que nos reunimos para que él me contara su idea de trabajo para mi, fue en el Café Lavezzi. Comimos una medialuna con jamón y queso, y me comento que debido a mi juventud y mi buen manejo del inglés, me quería como su informador de futuros rivales.

Al contrario de lo que debe pensar lector, yo no me sorprendí. Entendí que Sergio no tenía a nadie más para este puesto y que me daba una confianza muy grande. El futuro de la Selección estaba en mis manos, en mis notas y apuntes. Di el “Sí” y urgentemente fuimos al predio de la AFA. Firme el contrato y así comenzó mi laburo.

Viaje rumbo a Irlanda, Japón, Brasil y Polonia. Vi jugadores increíbles, técnicos obsesivos, tácticas arriesgadas, pero sobre todo, viajaba feliz y mi mundo se expandía. Para que no me reconozcan como espía, me hacia pasar por Daniel Cariolo, periodista uruguayo de un diario de la Banda Oriental.

El 10 de Junio me llego un mensaje de texto de Sergio. “Pablo, urgente anda a Ezeiza, nos encontramos allí”. Tome un remis y nos encontramos cerca de un puesto de diarios en el aeropuerto.

Me explicó que se había pactado un amistoso con Albania. Que por favor no perdiera tiempo y parta hacia Europa. Me sentí sorprendido. “Checho, es Albania, ¿Qué llevo, lo que tengo puesto y los dos mangos que tengo en el bolsillo?”.

Sergio me miro malhumorado y me dió 30 minutos para ir a mi casa, hacer el bolso y partir. Pasaporte, mi falsa licencia de Daniel Cariolo, plata, camara, libreta.... Batista ya tenía el pasaje. Me explicó que manejara el inglés, me dijo que me contrara con Igor, un ruso que vivía allí que me guiaría hasta donde entrenan los albaneses y que simplemente venga lo más pronto posible.

El alojamiento estaba donde Igor sabía. Por lo tanto, era un tipo perdido dependiendo de alguien quien no conocia. Pero como confiaba en Sergio, y sinceramente soy un arriesgado, lo salude con un apretón de manos y me dirigí al vuelo.

Tomé vía Air Italia. Paramos en Roma dos horas para hacer el trámite de la migración, lo que me tenía acostumbrado. El vuelo iba casi vacío. Me senté solo. Las azafatas parecían nerviosas, sobre todo cuando el avión dejo Italia para partir hacia Tirana. Era un vuelo raro. Viaje por muchos lados por mi trabajo, pero se veía algo anormal. No dieron nada de comer. El avión parecía muy viejo, y bastante descuidado.

Dieron una alerta por la voz de la cabina, pero no entendí nada. Pregunte en inglés a una azafata: “What is happening?”, pero ella me miro casi llorando y se alejo. Me senté y jure que jamás me aventuraría en un viaje así. Sentí el avión descendiendo. Sentí miedo. Vi tierra. Y vi como una pista de aterrizaje se comenzaba a distinguir. Pero algo, algo muy pequeño, estaba funcionando mal.

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